sábado, 20 de agosto de 2011

¡al cielo, no!


Seré breve.
Qué remedio, si me han dejado agotado.
Había quedado hoy viernes 19 a las 6 en Alonso Martínez. Desconocía la agenda papal, no me creía en la obligación de conocerla. Ese fue mi primer fallo.
Sabía que iba a encontrar mochileros papistas, ya sé que están por todas partes; este mismo mediodía, unos doscientos han estado cantando no sé qué hechicerías según pasaban bajo mi balcón. Y vivo en el quinto coño. Pero como les han entregado los colegios públicos, no sólo los concertados con su iglesia, han anidado en cualquier parte.
En todos lados.
Hoy el metro estaba ya plagaíto. Me harté y bajé en Goya, dispuesto a darme un agradable paseo hasta el lugar de encuentro.
Sabía que estarían por las calles.
Sabía que eran muchos.
No sabía que podían ser tantos.
Llegando a Colón he oído una voz con acento por los altavoces. La he reconocido. Era Él. No, Dios no: Él. ¡El pájaro en persona!
Mirando hacia la plaza he sabido lo que sentían los elfos en el parapeto del Abismo de Helm cuando contemplaban las hordas inacabables.
Enardecidos por una voz más peligrosa que la de Saruman. La de la Boca de Sauron. Por lo menos.
Vista la imposibilidad de bordear el abismo, he vuelto a entrar al metro en Serrano para bajarme dos paradas después.
¡Loco!
El vagón que llegó rebosaba fanatiquitos. No se bajaron. Su consigna era: “Colón”.
Pero tampoco en Colón se bajaron todos, ni mucho menos.
Algunos bajaron, pero subieron más.
Apretado como una polilla frente al cristal por unos seres enfebrecidos por ser más que mayoría aplastante poco menos que unanimidad, bajé como pude.
Desde el andén a la calle, creo que mis pies no tocaron el suelo.
Tardé mucho. ¡Mucho!
Guardias con silbatos guiaban al rebaño. Una estampida lenta pero constante.
Me tiraron el abanico, lo pisotearon. Sabía que no podría volver a por él.
Mi sudor se hubiera podido recoger en botellas litroymedio.
En volandas llegué hasta arriba.
Me ofrecieron estampitas. Casi me las meten por la nariz.
Cantaban sin parar. Diversas canciones.
Realizaron el milagro de convertir a Shakira en María Ostiz.
La persona con la que había quedado no llegaba. Estaba cerca, pero en las mismas. La muy inconsciente venía en moto.   
Había uniformes, hábitos, lo que sea: monjes, monjas, el nombre de la rosa, dies irae, diálogo de carmelitas.
Hasta de diseño.
Americanos con clériman sobre ajustadísima camisa negra de manga corta, gimnasio potente, rostro curtido, acostumbrados a repartir hostias en todos los sentidos, Fermines De Pas de Sausalito, pastoreaban a gritos a sus jóvenes embrutecidos de Ítaca, Ohio. Con bandera.
Poco a poco entendí que la invasión de los ultracuerpos no era una broma. Ni siquiera una buena idea o una buena película de múltiples versiones, sino una profecía.
No paro de buscar vainas por la casa. Seguro que en algún rincón me espera alguna. Mañana iré a por la mochila y el baratísimo pase de metro. Comeré el repelente menú peregrino. Cantaré sin pensar en el futuro. Sin pensar en nada. Con esa mirada de haber ingerido peyote, integrado en una multitud sin fisuras, como las juventudes nacionalsocialistas donde militó el Jefe en su juventud. Esa misma juventud que chupa ahora.

¡Tengo que pecar urgentemente!
¡Si esto es el Cielo, si todos ellos van a ir allí, no quiero apuntarme!
¡No!
¡Por Dios! (¡¡No, no debo decir eso, no puedo ganarme el Cielo... no lo soportaría!!)

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