martes, 16 de septiembre de 2014

au revoir les enfants


Au revoir les enfants.
Los días pasados siempre quedan. Para algunos, los días pasados deberían ser eternos. A aquellos que se van, les decimos adiós, y a partir de ahí unos quisieran que la llama siguiera en el candelero y otros querríamos ver cómo se extingue.
Caen muertos los prebostes. El patriarca Botín cae con toda su burricia consagrada por la inteligencia de hacer bueno el pragmatismo, a costa de quién o de qué sea, siempre en nombre del derecho divino y de aquella insignia que dejó antes del barroco la idea de que el nombre del hombre que acumula tesoros suponía unas prerrogativas supra divino y humano. Impuso su nombre, impuso su firma, impuso su ser. Alguien verá la grandeza de quien siendo vulgar llegara a acumular tanto poder, el ejemplo de que cualquiera puede llegar a ser un jerifalte. Bonita situación para quienes desean serlo o, más a menudo, adorar a quienes lo son. Yo, personalmente, no lo entiendo, tal vez porque más que creerme mucho me sé alguien. ¿Es esto soberbia? Es posible. Probable. Casi seguro que sí, pero es la soberbia de aquellos que nos creemos más alguien que quienes lo fueron sólo a fuerza de dividendos. No “a base de”. Nunca tuvieron más base que las que les dimos por miedo.
También se ha muerto, por cierto, el tío de El Corte Inglés. ¿Hablar de él así es hablar con poco respeto? Es muy, pero que muy posible. Cuando estaba vivo no le conocía, así que ahora que se ha muerto me parece una moda estúpida aprenderme su nombre. No sé cómo se llamaba ni me importa. No lamento más su muerte que la de cualquier jubilado de Almería o de la provincia de Cuenca, ¿por qué me habría de importar? A mi me siguen devolviendo el dinero en su tienda si algo no me vale o no me gusta, sigo mirando a aquellos dependientes atemorizados que, cerca de la jubilación, te atienden con una mezcla de maravillosa profesionalidad y de aciago temor a ser despedidos, todo junto, recordándote a un tiempo que aquí puedes comprar hasta tarde y comprar en domingo sin que a esta gente sacrificada y hermosa (me cago en quien crea que hablo en broma) le importe cuánto le duelen los pies. Y vas y compras, y encima hay quien piensa que tienes que aprenderte el nombre de ese canalla ya muerto que creó este parque temático del horror con casposísima música ambiental donde sí hay vaqueros de diferentes longitudes de pierna. Grandezas del comercio a gran escala.

Mientras mueren personas, parece que van muriendo grupos enteros, ideologías, formaciones.
Al parece la izquierda, tal como era, ha muerto por decreto. Incluso por decreto de la izquierda.
En la derecha, en cambio, sólo mueren personas. Es la vieja historia. Y con medallas. Qué peligro.
Mueren creencias, dioses, mitos, personas, entidades, unidades, nos acostumbramos a ver morir, a no enterrar sabiendo que habrán de enterrarles otros o de ser enterrados por sí mismos. Dejamos morir. Dejamos que se mueran. Nos dejamos morir.
Todo se diluye de un modo extraño.
Unos cosas no las entiendo. Otras, no las quiero entender.
El tío del Corte Inglés, sin nombre, toca la lira en mis sueños anónimos. Pero yo me echo a dormir con su música. Sus bolsas de plástico con triángulos verdes, su laberinto donde la vida no encuentra minotauros sino rebajas de semana fantástica, me llaman al olvido, a la devolución a quince días, a que en el fondo no hay riesgos y que todo está bien.

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