jueves, 1 de febrero de 2018

el rey está vestido... faltaría más

Leo que condenan a un tuitero por injurias a la corona. Bueno, no, ni tuitero: de los que publican en Facebook, que viene a ser un poco menos… bastante menos.
Le condena no un pringado de turno, sino esa cosa tan enorme que se llama la Audiencia Nacional. Parece que el inconsciente se atrevió a denominar al antiguo rey -ese que ahora está jubilado, y supongo que con una pensión sustanciosa (pero no sé, quién sabe, lo mismo está en la miseria, vaya usté a saber…, el simpático campechano ese de los elefantes y las mantenidas de lujo, según dicen otros, cuidado, no yo…, y conste que cito fuentes y para nada es mía la calificación y menos aún cualquier descalificación…), le catalogó, digo, sin implicarme yo mismo, claro está, de “corrupto mal parido”.
Una vez que espero que quede clara mi distancia con respecto a opiniones tan atrevidas, me echo a llorar desconsoladamente.
¿Qué por qué? Pues porque resulta que me crié cuando esa democracia que amparó una constitución que ahora defienden tanto las diversas derechas que colman el campo de la política nacional, sobre todo en los apartados que más les interesan dejando aparte otros, esa carta magna, digo, esa enorme conquista de las libertades que tanta emoción nos supo provocar, y ahora no hablo en broma, esa que parecía amparar las libertades… me crié, iba diciendo, cuando se suponía que ella vendría a solucionarnos tantos males…
Recuerdo aquellos tiempos primitivos en que la libertad de expresión era un derecho, esos tiempos antiguos en que la ley mordaza no hubiera podido aplicarse con tanto desparpajo como se ha hecho en momentos como estos en que parece que toda cortapisa se da por permitida, y a saber por qué motivo. Cuando se decían, se cantaban, se escribían o se opinaban con casi completa libertad conceptos que ahora serían segados de raíz. Esos que la censura había prohibido antes. Esos tiempos inocentes en que la censura y la autocensura se identificaban con tiempos de dictaduras franquistas, sin prever que podrían estar bendecidas cuarenta años después por los que parecen defender la libertad. Da mucha lástima ver que ahora serían imposibles manifestaciones culturales que en ese tiempo antiguo florecieron como una manifestación de libertad desnuda que se quitaba el corsé grasiento de los años oscuros.
Ahora han vuelto los años oscuros. No nos engañemos. Es así. Aquí están, asentados. Y no es solo la política de lo correcto: es la censura inquisitorial que no siempre viene de tendencias conservadoras. Y eso, eso sí, es muy grave. 
Ningún niño que quisiera evitar el talego se atrevería a declarar a día de hoy que el rey está desnudo. Ni este rey ni los reyes. Cualquier tipo de reyes… pero incluyendo el que ostenta la corona.
¡Claro que digo que el rey está vestido! Si dijera que no, podrían denunciarme. Si dijera que sus desayunos me conmueven menos que los desayunos del vecino, que sus niñas, tan monas, no deben ser empleadas para destacar las figuras de sus padres de un modo irracional, si dijera que los monarcas deben cumplir los dictados que les otorga la ley y que eso no incluye ir a una cumbre en Davos en que el presidente del gobierno de nuestra nación no va por no hacer el ridículo delegando en quien no debe… Pero no, no digo nada. Cumplir cincuenta años no me conmueve porque ya los cumplí. Las lágrimas de su padre… mejor no hablar de las lágrimas… las suyas y las de los demás… Ay, que no, que me callo.
Me callo.
Me callo.
Me callan. Nos callan.
¿Veis el traje del rey? ¿Existe el traje?
¿No veis que el rey no tiene… que el rey no va…?

¡Faltaría más! ¿Quién puede poner en duda que el rey está vestido?

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