domingo, 23 de marzo de 2014

si no es noticia, no existe


Ese cuarto poder que sigue siendo la prensa, o a día de hoy los medios de comunicación en cualquier formato, siempre se han sabido capaces, no ya de exaltar o desmochar, sino incluso de dar el ser o quitárselo a cualquier acontecimiento, cualquier colectivo o cualquier persona.
Estar “en el candelero” es ya una forma de reconocimiento. Incluso haciendo el ridículo, la actual alcaldesa de Madrid logró en un día más fama mundial por su esperpéntico discursito olímpico que por cualquiera de los continuos desmanes o ineficacias que los medios no juzgaron, o no quisieron juzgar, relevantes. Así, una persona que ostenta cargo tan importante pasó a primera plana como tonta, que lo es, más que como insensible fascista, que lo es también, y más. Y un tonto siempre da más pena que un canalla.
Es sólo un ejemplo, claro está. Supongo que te vienen a la cabeza muchos otros.

Hoy muchos medios han borrado centenares de miles de personas. Esas que tuvieron el valor de no dejarse ganar por el desánimo de protestar sin ser escuchados, como viene siendo habitual, y ya no sólo por la derecha recalcitrante.
Con la goma del hablar por no callar, o de no ofender a sus jefes o quién sabe a qué oscuros poderes, han hecho desaparecer de las calles a casi todos, y lo que es peor, a cada uno de esos manifestantes. Menos mal que sólo virtualmente.
Únicamente los medios extranjeros, tal vez con menor riesgo de implicación en las consecuencias, han dado cifras que parecen acercarse en algunos casos a una verdad más que multitudinaria.

De las razones y el esfuerzo de los marchantes (de la marcha, en este caso) poco se dice.
Se habla, eso sí, y con una virulencia en los medios derechistas que roza no ya el libelo sino el ridículo, de la violencia. De los manifestantes. Del despliegue irracional de antidisturbios y de provocadores no se dice nada, claro. La violencia de Estado no es violencia, y pobre del medio que lo insinúe. Venga la ley que vaya a venir.

Quien no viva en Madrid debe imaginarla en llamas, reducida a escombros, una especie de visión de Berlín al finalizar la Segunda Guerra.
Precioso.

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