No saben perder, pero
¿qué se puede esperar de un partido que no sabe ganar?
Sólo entienden, sólo
entendieron siempre, lo más cercano a la falta de democracia: ese cáncer de la
democracia, que ojalá se extinguiera, llamado Mayoría Absoluta. Sólo saben, se ha
visto y se ve, gobernar por decreto.
En el estado (lo pongo
en minúsculas a posta), en cada autonomía, en cada ayuntamiento, del más grande
al más pequeño, aunque para ellos sólo tenga el valor testimonial de lo
entrañable, nunca de lo justo, esto es así.
A ellos -el PP, claro-
siempre les atrajo lo peor de la tradición. Incluso llamar tradicional a lo
puramente antiguo; a eso estamos acostumbrados. Entre las malas prácticas de
tiempos oscuros (o muy que muy oscuros, que todavía no hemos visto un tiempo del
todo claro) está aquella táctica bélica llamada de "tierra quemada".
Por eso han dejado los ayuntamientos arrasados no sólo de papeles, sino de
compromisos amañados para el futuro, de secretos también, de chafarrinón aquí y
allá. Y los ayuntamientos progresistas han respondido estupendamente con esa
elegancia de evitar el sambenito inculpatorio a la herencia recibida. ¡Qué
alivio! Y cuánto olvido, también, por cierto. Cuando ya no duele la muela uno
olvida el dolor y pasa a lo siguiente. Está bien, es forma de vivir y seguir
adelante, pero no olvidemos, por favor, del todo esa muela. Llevo años, hasta
ayer mismo, oyendo hablar de la herencia recibida en cada ayuntamiento. Ahora,
al menos con Carmena, no lo oigo ya. Todo parece deberse a lo que se hace y sobre
lo que se trabaja. No se alude, aunque exista, a la mala gestión anterior, a
las trampas, no se habla de eso, no se debe hablar, aunque cualquier cosa que
haya de salir a la luz no dudo que saldrá a la luz, pero sin que sea ese el
trabajo primordial.
No saben perder. El PP,
claro está. No supieron ganar. Y tirarán con bala. Dirán que la bala es
ideológica y crítica, pero su objetivo será derribar objetivos con las balas.
Y, encima, permanecer tras el escudo, como si estuvieran hechos de una mejor
materia. Ellos, los oxidados.
Eludí la tentación de
escribir al principio sobre comienzos fáciles, sabidos: el desprecio de la
valenciana ante sus sucesores vencedores, ese gobierno de oposición en la
sombra anunciado por la reina de las sombras madrileñas, los mensajes
enarbolados por los que nunca tuvieron respeto a nada y ahora tiran de respeto
hablando de insensateces cuando fueron siempre los más insensatos y los más
destructivos haciéndose los buenos... Esa soez provocación cotidiana en las
televisiones estatales, ese insulto constante desde gente al borde de la
imputación contra los imputables si es que cuela... Esa falaz conducta de un
gobierno que debería saber que es un gobierno y no un ministerio de gobernación,
con un tipo al frente -Rajoy, por si no estaba claro-, que reitera una vez y
otra que todo será exclusivamente como él quiere, que hará lo mejor sólo por
medio de sus propios medios y que hasta los que están a su alrededor son un
mojón molesto en su camino. Y que sólo se irán si se ponen de rodillas ante él,
porque la dimisión, siquiera de alguien tan cuestionado, cuestionable,
insultable, insultado, ruin y miserable como Wert, sólo puede ser con su permiso.
Que quede claro.
Rajoy no es sólo un
cabeza de lista, no. Es un galleguito que se cree Napoleón porque un día la
Merkel le dio la mano y le dijo que él era un baluarte de su Europa, o así lo
entendió él, el pobre hombre mediocre que necesita de esas cosas para sentirse
algo. No nos engañemos con respecto al pobre "sopas". Aunque hable
así, mientras todos nos reímos, hay por ahí dentro un alma de caudillo. Como no
puede ser menos en alguien que encabeza un partido creado por los sucesores de
Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios. ¿O es que nos hemos
olvidado de quiénes son los que nos gobiernan? ¿Esos que la jodía ciudadanía ha
votado por encima de los demás partidos? ¿Hemos olvidado quienes son? ¿Vamos a
olvidarnos de quiénes son, aunque hayan perdido votos, esos nuestros vecinos
que aplaudieron a Franco? Sus métodos, hijos, hijas mías, son los mismos
(disfrazados de hermosa democracia).