martes, 24 de enero de 2017

cuarenta años no es nada

Se cumplen cuarenta años de la matanza de los abogados de Atocha. A mí me pilló en el paso de la adolescencia a la juventud (no es que tenga tantísimos años, es que por entonces el final de la pubertad no se establecía, como suele darse hoy día, entre los treintaicinco y cuarenta años, sino en torno al paso a los veinte -con las lógicas excepciones en un sentido u otro tanto en el caso del pasado como en el del presente, quede claro-).
En aquel enero yo no sabía que el año 77 sería tan determinante en mi vida, afortunadamente para bien, y sin el beneficio que da la distancia supongo que no supe juzgarlo en toda su dimensión cuando pasó. Lo que sí veía claro es que se trataba de un momento determinante para mi país, que se hallaba entre un antes y un después y nos jugábamos muchas cosas. Nuestro estilo de vida, por ejemplo.
El 77 empezó con una turbulencia que nos hacía recordar aquellos relatos de comienzos del 36 que tan mal acabaron (también unos cuarenta años antes de la fecha, por cierto). Muerto hace un año y pico el dictador (que era eso, un dictador, no un señor anecdótico que aparece en etiquetas de botellas en bares fachas o, peor aún, alguien cuya existencia desconocen hoy muchos -demasiados- de nuestros estudiantes), muerto digo y bien muerto, aunque no su influencia, aún suponía un peligro cuestionar su legado y sus leyes. Manifestarse en contra era un riesgo cierto, no un deporte juvenil basado en un pilla-pilla de emociones fuertes, como quiso vulgarizarse luego hasta por sus participantes. Y por si fuera poco, el tinglado se animaba con pistoleros de ultraderecha bien protegidos por las fuerzas de seguridad, individuos que acabaron con la vida de dos estudiantes de distintos sexos en distintas sesiones de asesinato durante las jornadas de protesta.
La matanza de Atocha -que eso fue, y ejecutada con criminal frialdad-, supuso el punto culminante de aquellos desastres, y también abocó en esa manifestación de comunistas y simpatizantes que optamos por expresar nuestra indignación y dolor, no la venganza (luego abusarían de nuestra bondad con todo aquello de la reconciliación según se llevó a cabo, pero esa es otra historia).
Uno de los supervivientes de la tragedia diría que no le gustaba que los consideraran mártires, y dijo bien. No querían morir. Los mártires son seres que se inmolan voluntariamente, estos hacían algo mucho más humano y necesario: cumplir con su deber, con su trabajo y su ideología contra el viento y la marea de eso que seguía siendo el Régimen. ese que permitió que les mataran y trató de favorecer a los verdugos, tanto que dos pudieron escabullirse pese a conocerse sus nombres y apellidos. Hoy dicen que ha prescrito, que uno de los asesinos, de domicilio tal vez desconocido, podría volver y pasearse por delante de nuestros juzgados y de nuestras comisarias con una sonrisita satisfecha. Vergüenza de las legislaciones.
No niego el homenaje a aquellos que murieron, y también a los que sin pagar un precio tan alto lucharon por hacer de España un país civilizado -algo conseguido sólo a medias-, pero también me gustaría decir que no hablo desde la nostalgia. No la siento, no añoro aquellos tiempos aunque fuese más joven.
Precisamente, si hablo de esto no es sólo para poner una flor en su tumba, sino para recordar que cuarenta años no son nada, y no me refiero a la vida de una persona (no soy tan ingenuo), sino al curso de la historia.
Uno mira ahora mismo a este Occidente nuestro, se fija en las tremendas novedades en la política de Estados Unidos y las tendencias peligrosas en Europa y reconoce que aquello que vivimos algunos de nosotros no es un pasado muerto, sino uno que sólo estaba dormido -y no del todo-, y que no basta recordar, sino que hay que tomar medidas para que no vuelva a haber ni matanzas, ni amenazas, ni dejar que triunfe ese orgullo de ser insensible a cualquiera que no sea de la élite de los tuyos. Y que también se vayan enterando que no siempre vamos a ser los mismos los que pongamos la otra mejilla para que, si así lo desean, nos la partan.  


miércoles, 28 de diciembre de 2016

alirón a los ladrones

Ahora que se nos va yendo este año con su carga de muertos (esos puntos de referencia, patrimonios de la humanidad y la cultura a los que admirábamos y admiramos aún; esos otros anónimos que cayeron víctimas de una violencia indiscriminada y ciega; esos otros, que se cuentan por miles, que es fácil considerar tan sólo como números en negativo: refugiados, los niños de la guerra, tantas bajas civiles...), ahora que algún cronista, lúcido pero ojalá que no acertado, añade a estas muertes la de la esperanza de una nueva -o no una, sino varias- forma o formas de entender la labor de hacer política, ahora que los fascismos son más que una amenaza... Ahora, mira por dónde, voy y me encuentro con una de esas anécdotas terribles que en el fondo no lo son -son mucho más- y me quitan otro poquito de aire, y de paso se hermanan con todo lo anterior.
Empecemos por asumir que la inmunidad es una moneda corriente entre los influyentes de este mundo. Influyentes políticos, económicos, sociales... Que la justicia no es igualitaria y todo eso que ya sabemos al respecto. La medida más eficaz parecería el escándalo, siempre que supusiera un desprestigio... Siempre que supusiera...
Lo voy a dejar ya e iré directo al grano: Veinte siglos después de las luchas en Roma, no hay mejor dispensa que ganarse a la masa por medio de ser un gladiador. El circo es un estadio y los reciarios futbolistas, pero viene a ser lo mismo.
No sé si es ilegal que tu ídolo se lleve tu dinero, ya que no lo declara, a un paraíso fiscal. Te hace más pobre. Entiendo que sus goles, las victorias del equipo, te consuelen en parte de los derechos que te roba: tu subsidio, tu pensión, tu sanidad, la educación de los tuyos, tu cultura... Pero te roban ellos mismos, los que aplaudes, esos con los que no te importa quedarte ronco. Y lo bonito, lo curioso, lo sangrante, es que no te importa un pijo.
Ningunas noticias desaparecen tan pronto de la prensa y los medios, incluso de las redes, como los escándalos que rodean al mundo del deporte, especialmente el fútbol. Ni políticos ni jueces gozan de tan suave silencio, tan reconfortante impunidad. Puedes celebrar el balón de oro que le dan al tío que te roba -no a ti, imbécil- el mismo día que publican que te roba. De todos modos la noticia se borrará por un consenso que está más allá de los partidos, las tendencias o las ideologías, si es que hay de eso. Y si la cosa va más lejos, harán una campaña en que apoyes al ladrón diciendo que eres, que todos somos, para más inri, como él. Y algunos de esos ladrones se lucirán durante el tiempo navideño visitando hospitales infantiles y dando una propina.
Este año hemos llegado al punto límite de esto. Parece no importar. No importa, en realidad, sea cual sea tu tendencia. Ya ni siquiera importa si te gusta o no el fútbol: es mejor no hacer ruido.
Se podría suponer que el alirón a los ladrones se vería sustituido por un abucheo general de las gradas cuando sale el delincuente a la arena... pero no.
Me empieza a dar un poco de miedito, la verdad.



miércoles, 23 de noviembre de 2016

¿quién eres tú para perdonarlas?

Es probable que el mundo esté gozando del mejor pontífice católico posible en estos momentos (el Papa, vamos). Parece un ser humano, suelen resultar creíbles sus manifestaciones de empatía con los necesitados, no lame el culo a la superélite, o al menos no lo hace de palabra, ni se empeña en halagarlos (aunque su palacio, su vestuario, el pomposo estilo que caracteriza su protocolo, sus viajes y supongo que sus cenas y comidas no estén muy cercanos al modelo de aquel Francisco de quien quiso heredar el nombre, eso no lo puede negar lo diga quien lo diga), pero sus contradicciones siguen siendo las mismas de su Iglesia.
Porque ahora ese Pastor da permiso a sus sacerdotes para que -si quieren, si no no-, perdonen a las mujeres que han sufrido un aborto. Lo de "sufrido" lo digo yo porque creo que es así, me consta que supone un sufrimiento para la mujer que se ha visto obligada a pasar por ello, nunca consiste en una distracción alternativa para esos días en que no se encuentra nada mejor que hacer; lo digo yo, no ellos, que lo califican de "pecado de aborto": se da permiso -repito, si es que quieren, si no no- de absolver a las pecadoras que hayan abortado sin tener que pedir permiso previo a un Obispo.
Esto, que era una oferta temporal para celebrar el Jubileo, se amplía indefinidamente. El Black Friday del aborto se ha convertido no ya en las rebajas de verano y en agosto más ventajas, sino en una oferta vitalicia, al menos mientras él sea el dueño de la tienda. (¿Debería escribir "Él" ya que representa a Dios en la Tierra?)
Como a mí, que no puedo abortar, ese señor me conceda permiso para ser perdonado por algo, la vamos a tener.
Y como digo, no hablo siquiera del exnazi ni del polaco anticomunista que le precedieron, sino de este caballero de habla hispana que quiso eliminar los números romanos que seguían a su nombre de pila elegido.
Lo mismo es que el problema es la Iglesia. Lo mismo es que el problema son todas las Iglesias. Puedo respetar a los creyentes, pero no tanto a los que se pliegan a la disciplina de una jerarquía política que se disfraza de religión. Ni siquiera a los que aceptan el cargo del papado, como él, para intentar cambiarlo desde dentro sin cambiar de prepotencia ultraterrena.


viernes, 11 de noviembre de 2016

de un negro al ku-klux-klan

En una de las primeras, tal vez mejores, historias de Stephen King titulada "La zona muerta" -que después llevara Cronenberg al cine y en la que Christopher Walken se enfrentaba a Martin Sheen-, el primero, dotado de visión premonitoria por medio del contacto físico, "habilidad" adquirida a raíz de un accidente que le sumiera en coma, descubre al dar la mano a un candidato a presidente que el mandato de éste sería literalmente catastrófico para su país y para el mundo. Se impone a sí mismo la obligación de impedir su triunfo por todos los medios, recurrir inclusive al atentado (el típico supuesto moral de "si hubieras podido matar a Hitler antes de que llegara a convertirse en un peligro...", ya se sabe). En fin, para resumir: cuando ante la desesperación de no hallar otro medio el héroe visionario amenaza al candidato con un arma durante uno de sus mítines, éste se parapeta tras un niño, mostrando así su catadura moral y quedando completamente desprestigiado ante su audiencia y hundida su carrera política.
Bien. Veamos. Corría el año 83 (entre entonces y hoy quizá sólo difirieran las formas -que es un modo de verlo- o la mentalidad -que es un modo de pensarlo-). En esa historia, el personaje que parecía ser honrado, que se vendía ante sus electores como un hombre volcado al bien de su país (aun con un grado muy norteamericano de nacionalismo), caía en la desgracia, en el desprestigio, en la vergüenza, al mostrarse inmoral...
Hace nada ha sido electo un individuo que declara que si hubiera cometido un asesinato en la quinta avenida ante el numeroso público que la frecuenta, rodeado de testigos, no perdería un voto. No ha matado a nadie (al menos todavía, que se sepa) pero ha sido elegido a pesar de sus palabras. Esas y otras. Así que lo mismo tenía razón.
Si traje a colación la historia de King no fue para ampararme en el concepto de que cualquier tiempo pasado fue mejor, sólo en ver que hasta la inocencia, esa presunta inocencia que confiaba en la honradez como un valor de ley, ha sido pervertida a día de hoy. Y en la calle. Y en público. Ante el mundo. En pelotas en medio del asfalto.
Antes de que estas elecciones nefastas de los USA se llevaran a cabo, oí decir a un analista político que para nada parecía tonto, en un programa de la Sexta (qué milagro) que el fenómeno Trump (y lo dijo en un momento en que nadie confiaba en su victoria) revelaba la verdad amarga de que, aunque no se quiera ver, un conjunto importante de los ciudadanos de ese país pensaban exactamente como él. Dejando aparte la decepción ante el sistema, que es verdad, dejando aparte que identificaran a Clinton como la representante de una artrosis acartonada, que será verdad también, la triste realidad es que ese tipo de pelo imposible llamado Donald Trump había dicho en voz alta lo que no dicen ellos pero piensan. Los que han encontrado oxígeno al oír expresadas esas opiniones que a muchos nos parecen vergonzosas, pero que estaban allí, tapadas por el pudor ante una forma de expresión políticamente correcta pero impuesta.
Dejemos de engañarnos de una vez en USA, en España, en Europa. La gente puede ser ignorante, pero no tiene por qué ignorar lo que en realidad desea. Y lo que desea en estos momentos de crisis un sector muy muy amplio de la población es algo terriblemente perverso.
Bertolt Brecht basó su obra en algo que no siempre se ha sabido comprender: fue revolucionario por contarnos, no que los pobres eran buenos y los ricos eran malos, como parecía corresponder a un buen comunista tópico, sino, siendo visionario, progresista y honrado, que la miseria, las crisis, la corrupción y el desorden no producen sino miseria moral, que la gente se hace mala en malos tiempos, que si hay que buscar la justicia es para que lo peor del ser humano no caiga en la dura tentación de aflorar en todo su macabro esplendor. Él lo sabía muy bien: vivió en propia carne la génesis y el desarrollo del nacionalsocialismo alemán.
Se emplea con mucha generosidad la palabra populismo para tapar el término real: fascismo.
El término populismo ha llegado a ser tan empleado, tan mal empleado a veces, tan manoseado, que ya no significa nada, ha pasado a ser un lugar común de desprestigio casi tan socorrido como el término "imbécil" o "sinvergüenza". Me gustará hablar de esto en otro momento, muy pronto..., pero ahora estaba en otra cosa.
Lo que quiero decir hoy es que, si se pretende hacer mejor el mundo, no hay que cegarse en que el mundo es necesariamente bueno y todos sus individuos nos desean el bien, que el problema es que son un poco tontos o les han educado regular. No. Hay gente deseando hacer el mal. Hay gente deseando vengarse de sentirse ninguneada o apartada. Y un buen puñado de esa gente, quiera dios o quien sea que no el mayor, no volverá su ira hacia los magnates, hacia los Trump, hacia los poderosos -por la simple razón de que desearían estar en su lugar por encima de quien fuera-, sino hacia los refugiados, hacia las víctimas, hacia los desprotegidos... Temen, y no es para menos, que si esa gente un día se lo pensara bien vendría con sus cuchillos preparados, sus azadones preparados, para cortarles la cabeza... para cortarnos la cabeza.
Los manifestantes contra Trump tienen razón, pero deberían plantearse que sus enemigos no son solamente las fuerzas represoras, sino sus vecinos, los votantes de Trump.
Y encima en la época de la exaltación de la bastedad, de lo grosero, de lo zafio, de lo casposamente obsceno: una época representada perfectamente por un tipo de televisión que produce, para pretender vender (y lo consiguen), numerosos productos para gentuza realizados por gentuza. Lo pienso así, y no me retracto. Por eso la gentuza acaba votando a la gentuza: como ve de forma masiva sus productos.
Pero en fin, el caso es que la gente está harta de decepcionarse. Obama es posible que fuera, como se dice ahora, un magnífico presidente, pero algunos pensaron un vuelco cuando fue candidato, creyeron que "se podría". Se han hecho cosas, claro, pero el sistema es el sistema, la sustituta al final fue Clinton y Guantánamo sigue abierto. Ese "sí se puede" abarcaba muchas cosas que no se pudieron.
Pareció un milagro, creo que lo fue, que un negro llegara como presidente a la Casa Blanca. Cuatro años después, ha ganado el Ku-Klux-Klan.

¡Qué cosas ¿no?!

domingo, 30 de octubre de 2016

santidad del votante

Si de verdad atendiéramos tan sólo a nuestro instinto -me refiero al menos a algunos humanos entre los que me incluyo-, no sólo dejaríamos de votar, sino que asaltaríamos con un placer salvaje las sedes de los partidos y nos complaceríamos en manchar de tarta, mahonesa u otros líquidos menos respetuosos las caras no sólo de sus líderes sino de toda la camarilla que les lame. Y con todo derecho, se podría añadir.
No solamente por aquello -asimilado por costumbre a su estructura roñosa-, de la lucha y la ambición por el poder, del papel asignado a dirigentes que nunca fueron más que nadie, de la jerarquía habitual que sustituye la eficiencia, de tanta imagen absurda exigida por los medios, de tanto abstruso cuento de completar la frase -apostillar se llama- sin crear ninguna frase al fin y al cabo, para al fin no hacer nada o limitarse a hacer lo mismo que se supone que debería resultar por ya sabido y que nunca resulta más que para unos pocos privilegiados, y ni siquiera a su total satisfacción.
Partiría sus sedes como quien mete el cuchillo en un pastel -cuando no en una víscera-, me reiría de sus frases retóricas que no son más que frases -y ni siquiera buenas-, y en caso de dejar vagar mi mente sin tapujos no dudaría en llegar a desenlaces que no son como para figurar en los proyectos de ninguna persona decente o casi tanto: de esos que si se nombran rebasan el margen exigido de lo que se ha dado en llamar política correcta (ese feo sustitutivo de lo que siempre fue, sencillamente, la buena educación).
Rompería, insultaría jacobino, todo lo que merece ser rasgado. Lo haría... pero sólo en mis sueños, porque soy al fin y al cabo eso que se ha dado en llamar (yo suponía en tiempos inocentes que era una hermosa definición) un ciudadano. ¡Me gustaría tanto pensar que es lo mejor que puede ser alguien, cualquiera, que convive con sus vecinos, amigos, rivales sin fractura, compatriotas...! ¡Inocente de mí!
Pero tras declarar esta furia incendiaria y tan alegre... yo volveré a votar cuando nos toque hacerlo. ¿Será porque soy tonto? Puede ser (yo no lo creo). Me cabreó cuando un amigo, o por mejor decir un compañero, expresó en una red social su orgullo tras abstenerse en las últimas elecciones de esta serie maldita. Expresó su derecho a la desilusión. Es ese un derecho incuestionable, pero no sus consecuencias. Los que nos sumen cada vez más en la desilusión no se abstienen jamás, y dado que además esa injusta legislación que atiende al reparto de los votos, y que algunos se han olvidado de reivindicar modificar -porque piensan que les puede ser de cierta utilidad en ocasiones, pese a que cuando estaban en las calles dijeran lo contrario- les servirá para adquirir ventaja, no se la quiero dar con mi abstención.
Votaré como un santo cada vez que se tenga que votar. Del mismo modo que la desilusión ante la vida no me arrastra todavía al suicidio, la política no me inclina del todo a la abstención. A ver cuánto me dura esa tendencia (ambas).
Los partidos, de cualquier modo, está visto que no tienen que ver con la política. La política, mientras no se desautorice del todo a los griegos, se refiere al gobierno de la polis. pero lo que se ve no corresponde a nada semejante. El medio es el mensaje. McLuhan acertó también en esto: la política vista desde los partidos son los partidos en sí y no son nada más, su dinámica se basa en aumentar o disminuir el número de sus representantes, no a lo que representan. Así nos va.
A ver cuánto nos dura la aureola al votante o la votante. La aureola de santos, me refiero.