martes, 11 de noviembre de 2014

demanda de divorcio


A los españoles, Cataluña (no diré nunca Catalunya porque tampoco llamo London a Londres) nos está pidiendo el divorcio. Como madrileño, me siento como contraparte directa en el proceso incoado y por eso respondo.
Cataluña de mis entretelas: por mi parte, en cuanto quieras, te será concedido. Otra cosa es que las leyes que nos gobiernan a ti y a mí, y sobre todo este gobierno fantasma cuyo jefe se esconde debajo de la mesa de la vergüenza, piensen de otro modo. Por mí, cariño, te lo digo de corazón, no hay problema. Se nos rompió el amor y eso que nunca lo usamos de un modo adecuado. Tú con tus ínfulas de ser una pequeña francia y los que seamos nosotros con ese cerrojazo de intentar imponer el cocido por encima de la escudella, aunque las diferencias sean mucho menores que las coincidencias.
Como dije alguna vez, nadie que ponga las maletas en la puerta de un domicilio debe ser forzado a volver dentro. La casa de muñecas ya pasó de siglo y debería estar superada. En las personas como en los estados.
Nora, Cataluña, si te ignoran será porque no quieran mirar.
Quiero, yo también, mira tú, que te vayas, aunque sea nada más que por el sencillo motivo de que pareces querer irte.
Y deseo que te vaya bien. Aunque te vas a llevar alguna sorpresa, como el comprobar que tu pobreza no se debe a que los andaluces no paguen lo que deben, ni tu opresión a que Madrid esté en el centro. Así que luego no tengas la osadía de pedir peras a un olmo que no sabe darlas ni las dio nunca, aunque tus gobiernos dijeran que las daban pero a otros y no a ti.
Esos que dijeron que en Andalucia no paga “ni deu, ¡¡¡ni deu!!!” y lo repitan y griten para intentar así imponer su razón, nunca tendrán razón. Lástima que con ello hayan manchado sus dos nombres de partido, uno que dice ser de esquerra y otro que alude a una república que tanto se aleja del modelo del 31 en que nació. Vergüenza izquierdista una vez más, vergüenza no sólo ajena para los que no nos avergonzamos de declararnos como izquierda.
A ver si surge el federalismo. A ver si esta España, aun sin vosotros cuando ya no estéis, llega a ser múltiple. O no. Si quieres la verdad, a mí me da lo mismo. Lo que no quiero es que la gente esté donde no quiere estar. Tampoco que chupe de los otros. Ni vosotros de nosotros ni nosotros de ustedes. Ni que ponga pretextos para su cortedad de recursos o de miras, como aquel de que el resto les coartan, cuando han sido criaturas ampliamente mimadas.
Y como retranca de un amante despechado os recuerdo que, por mucho que os empeñéis, Picasso es malagueño os guste o no.
A ver si los abogados nos favorecen y nos secundan y podemos sonreírnos dentro de muy poco. Separados y conformes.

viernes, 10 de octubre de 2014

no mires ahora


Cuando yo era pequeño (sí, ya sé que eran otros tiempos), los adultos nos enseñaban a no mirar descaradamente a los mendigos, o incluso a esa gente que deambulaba por la calle y parecía un poco descentrada, bebida o sencillamente desesperada. Vamos, esos señores y señoras que, más allá de una cierta pobreza generalizada, al menos en mis circuitos urbanos, llamaban la atención por marginados; no siempre (casi nunca, creo) voluntarios. Nada romántico, más bien lamentable.
No estaba bien mirarlos, o al menos quedarse contemplándolos en ese intento infantil de investigar de qué va la vida más allá de tus paredes (un interés que también ha ido decreciendo de generación en generación, o en la misma generación según crecía y se adaptaba a un medio cada vez más insolidario y solitario).

Duele hablar de este problema del Ébola. No me apetece entrar en polémicas secundarias, ni siquiera en hacer notar que la muerte por negligencia lleva el nombre, si no de asesinato, sí de homicidio, y que no se saldaría con una dimisión a la que por otra parte nadie parece dispuesto haya venido cenado al cargo o no (la falta de modales y la chulería, por cierto, debería estar prohibidas en las tareas de eso que llaman la res publica, y no porque los que ahora la ejercen parezcan, efectivamente, reses), sino con una acción judicial. Pero no quiero... bastante se ha dicho, bastante duele, y bastante se ha removido culpando a las víctimas para salvar lo insalvable, porque ya ni la dignidad queda.

Por eso, por amargura de entrar a lo otro, querría hablar de ese no mirar que provoca la invisibilidad de las víctimas lejanas.
Durante muchos, muchos años, mientras el problema era de “los otros” no nos preocupaba. Seguíamos masticando cuando los mirábamos de reojo en los telediarios (las raras veces en que aparecían) y los contemplábamos con ese desapego con que se mira el tercer mundo desde el primero (o el segundo, que debe ser eso de “en vías de desarrollo” que jamás se ha superado). Un desapego extraño, me da por pensar, porque creo que en el fondo no lo consideramos real. Sus realidades sólo nos sacuden como las que se dan en la ficción, o en otros mundos (¿no estábamos globalizados?), o incluso en otros tiempos. Se ven como traumas del pasado, o de la ficción, y tienen que ver con nosotros mucho menos que las ficciones de AMC o  HBO (que para algo son ficciones del primer mundo).

Llevan meses, y meses, y meses, y meses, y meses muriendo y muriendo y muriendo y muriendo en África de este mismo mal. Pero era, hasta hace poco, el mal ajeno, el mal de los pobres, el mal que se mira como inevitable, ese que, en el fondo, no se mira.
Creo que nuestros mayores ya sabían que la utilidad de indicarnos no mirar no era por hacerle sentir mal al pobre o marginal de turno, sino para no tener que pasarlo mal nosotros.
Ahora tenemos que mirar por narices. No me alegra. No es una compensación. Sigue sin mirarse el de las tierras lejanas, sólo el que nos toca aquí. Por un lado es terror. Por otra parte el nacionalismo llevado a sus pequeñeces más estrechas. Ya no mi tierra, sino mi ciudad, mi barrio, mi casa, mi piso, mi apartamento, mi habitación o incluso mi lado de la cama. Tristes repúblicas independientes marca ikea.

En la estupenda película El rey pescador, un mendigo mutilado de guerra interpretado por Tom Waits declaraba que la indiferencia de los que le echaban monedas no le dolía. Él sabía que la limosna era el precio que se paga “por no mirar”.
Si es así, deberíamos pagar un impuesto revolucionario por no mirar a los que sufren. No ya la cuota a una ONG, sino una tasa obligatoria por la culpa y la indiferencia, por la comodidad a ultranza. (Ni con eso pagaríamos)

Como sigue sin mirarse a los mendigos, tal vez no te hayas dado cuenta de que cada vez más de los que piden en Madrid no paran de hablar por el móvil mientras se sientan junto al letrero que describe su miseria. Lejos de mí la idea de culparles. Sólo señalo que hasta en los mendigos se da la variedad primer mundo.
Tal vez, por eso, los que se empeñan en saltar las vallas plagadas de cuchillas, ni siquiera busquen salir del todo de la enfermedad, la muerte y la miseria. Tal vez reclamen el pequeño derecho de telefonear mientras mendigan. Les miremos o no.

martes, 16 de septiembre de 2014

au revoir les enfants


Au revoir les enfants.
Los días pasados siempre quedan. Para algunos, los días pasados deberían ser eternos. A aquellos que se van, les decimos adiós, y a partir de ahí unos quisieran que la llama siguiera en el candelero y otros querríamos ver cómo se extingue.
Caen muertos los prebostes. El patriarca Botín cae con toda su burricia consagrada por la inteligencia de hacer bueno el pragmatismo, a costa de quién o de qué sea, siempre en nombre del derecho divino y de aquella insignia que dejó antes del barroco la idea de que el nombre del hombre que acumula tesoros suponía unas prerrogativas supra divino y humano. Impuso su nombre, impuso su firma, impuso su ser. Alguien verá la grandeza de quien siendo vulgar llegara a acumular tanto poder, el ejemplo de que cualquiera puede llegar a ser un jerifalte. Bonita situación para quienes desean serlo o, más a menudo, adorar a quienes lo son. Yo, personalmente, no lo entiendo, tal vez porque más que creerme mucho me sé alguien. ¿Es esto soberbia? Es posible. Probable. Casi seguro que sí, pero es la soberbia de aquellos que nos creemos más alguien que quienes lo fueron sólo a fuerza de dividendos. No “a base de”. Nunca tuvieron más base que las que les dimos por miedo.
También se ha muerto, por cierto, el tío de El Corte Inglés. ¿Hablar de él así es hablar con poco respeto? Es muy, pero que muy posible. Cuando estaba vivo no le conocía, así que ahora que se ha muerto me parece una moda estúpida aprenderme su nombre. No sé cómo se llamaba ni me importa. No lamento más su muerte que la de cualquier jubilado de Almería o de la provincia de Cuenca, ¿por qué me habría de importar? A mi me siguen devolviendo el dinero en su tienda si algo no me vale o no me gusta, sigo mirando a aquellos dependientes atemorizados que, cerca de la jubilación, te atienden con una mezcla de maravillosa profesionalidad y de aciago temor a ser despedidos, todo junto, recordándote a un tiempo que aquí puedes comprar hasta tarde y comprar en domingo sin que a esta gente sacrificada y hermosa (me cago en quien crea que hablo en broma) le importe cuánto le duelen los pies. Y vas y compras, y encima hay quien piensa que tienes que aprenderte el nombre de ese canalla ya muerto que creó este parque temático del horror con casposísima música ambiental donde sí hay vaqueros de diferentes longitudes de pierna. Grandezas del comercio a gran escala.

Mientras mueren personas, parece que van muriendo grupos enteros, ideologías, formaciones.
Al parece la izquierda, tal como era, ha muerto por decreto. Incluso por decreto de la izquierda.
En la derecha, en cambio, sólo mueren personas. Es la vieja historia. Y con medallas. Qué peligro.
Mueren creencias, dioses, mitos, personas, entidades, unidades, nos acostumbramos a ver morir, a no enterrar sabiendo que habrán de enterrarles otros o de ser enterrados por sí mismos. Dejamos morir. Dejamos que se mueran. Nos dejamos morir.
Todo se diluye de un modo extraño.
Unos cosas no las entiendo. Otras, no las quiero entender.
El tío del Corte Inglés, sin nombre, toca la lira en mis sueños anónimos. Pero yo me echo a dormir con su música. Sus bolsas de plástico con triángulos verdes, su laberinto donde la vida no encuentra minotauros sino rebajas de semana fantástica, me llaman al olvido, a la devolución a quince días, a que en el fondo no hay riesgos y que todo está bien.

jueves, 31 de julio de 2014

cuenta atrás (¿un jodío poema?)


Leo Gaza.
Aunque debiera, no quiero mirar muchos vídeos de Gaza, ni sus niños muertos ni su estela de sangre desesperada y sin sentido.
Menos aún contemplar las hienas, desde los embajadores a los periodistas y aquellos que alguna vez parecieron serlo.
Me duele, pero no importa nada si a mí me duele o no.
Viendo Gaza, pensando en Gazas, me conforta el consuelo de pensar que esta vida de cada uno, la mía en este caso, permitidme que me remita a mí, tiene fecha de caducidad. Que el horror no será eterno aunque después no haya nada.
No protesto contra la vida. Me gusta vivir. Por eso escribo en lugar de morir.
Pero me gusta pensar que podré tenderme como un animal cansado y olvidar que todo lo que me rodeaba estaba teñido de un olor de depredador sin gana de comer, pero con mucha gana de matar.
Y que nadie hizo nada.
Y que necesitábamos tanto la vida que en lugar de aullar por las calles esperábamos encontrar un amor, una respuesta, un trabajo o un estímulo nuevo.
Y que era verano.
Y los gritos se perdían entre la arena de las playas y las horas de sueño no dormidas en invierno.
Y que esa era nuestra manera de sobrevivir.
Viendo morir.
Protestando por los que vemos morir, pero sin arrastrar a los tribunales a los asesinos.
Y los casos de corrupción nacional se convierten en operetas ante la inmensa Ópera del Horror. Y todo lo que no es Armagedón parece ser nada.
Porque Armagedón existe, y lo traen los que se suponen que lo habrían de sufrir.
Porque mientras la Alemania nazi ocultaba al mundo la enorme vergüenza de los campos de exterminio ellos se jactan de mostrar al mundo su nube de langosta. Su ángel exterminador. No hay marca de primogénito en las puertas que pueda detener la ira sacra del dios de la venganza y la rapiña.
Dicen que el primogénito es un escudo, y los escudos están hechos para destrozarlos y dejar indefenso al que lo empuña.
Pero la vida es una cuenta atrás.
Cada día corre un número en la pizarra que no vemos.
Toda nuestra vida, tío Vania, trabajaremos para los demás, pero llegará el día en que al fin podremos descansar, y descansaremos. Lo decía el sabio Chéjov en la boca de Sonia.
Y el inmenso poeta que fue Lorca consolaba a un poeta cansado, no tan bueno como él mismo aunque Federico nunca llegó a saberlo, diciéndole al final de su Oda: “Duerme, no queda nada”.
Porque no queda nada, sino ese anhelo incontestable que se llama Resistencia.

viernes, 18 de julio de 2014

israel y sus cómplices


Mientras Israel siga asesinando impunemente, el proyecto de un mundo razonablemente humano será un fracaso.
Israel no mata sólo por crueldad, sino por un sentido aún más descarnado de la crueldad, que es demostrar a sus enemigos que llegue al grado de barbarie al que llegue nadie abrirá la boca.
Un hombre boquiabierto ante su casa precaria convertida en escombros, un padre o una madre desolados ante el asesinato de su hijo mientras estaba, o no, jugando, una familia desplazada sin explicaciones, sirven como ejemplo, muestras de carnicería, fotos amenazantes, de lo que te puede pasar si eres palestino y los israelíes desean que te suceda.
No hay medias tintas, señores.
Esto es la puta barbarie.
Cómplices, los gobiernos que emiten un comunicado y se marchan a cenar, los poderes económicos que apoyan en lugar de promover sanciones, las notas de prensa que colocan junto al muestreo de niños destrozados la denuncia de los prevaricadores de Hamas (sigan, sigan usando una verdad para justificar la masacre).
Israel es culpable.
No me vengan con que asimilo a los judíos del mundo con Israel. Israel es la población que vive en ese territorio ocupado ilegalmente, y que profese las ideas que profese está asentado en un lugar que no le pertenece y donde cada miembro es un reservista listo para entrar en acción de combate en cuanto su gobierno así se lo reclame.

Israel es culpable. El mundo es culpable.
Lo demás son paños calientes.