miércoles, 13 de febrero de 2013

amado mío en cristo


Amado mío:
(Quiero creer que en Cristo, ya que no me atrevo a esperarlo de su menos comprensivo Padre. La Paloma no se decanta)

Estoy seguro de que tu especulativo carácter ha captado las señales, e inmediatamente has comprendido por qué he decidido abandonar la barca de San Pedro para arriesgarme en las tormentosas olas de nuestra pasión (no en el sentido religioso, sino esta vez en el más humano). ¿Tendrás la valentía de desprenderte de nuestras eternas faldas y seguir mi camino? Sé que sí, y por eso me he atrevido a dar el paso decisivo. Ya me delecto en nuestra vida juntos en cualquiera de esos sitios que citaste: lo mismo me da Marbella que Yuste si tú estás a mi lado. Mi cuenta secreta del Ambrosiano y tu pellizco suizo nos van a permitir convivir en la más rigurosa intimidad y secretismo. Un cambio de personalidad, una villa discreta y un selecto pelotón de guardaespaldas impedirá que el escándalo de los que no comprenden nos alcance. Imagina si no cómo disfrutarían los que desean tacharnos de hipócritas por haber combatido ese tipo de vida que vamos a disfrutar unidos, sin querer aceptar que no todos los seres humanos tienen la misma capacidad, y que lo que en el humilde y entrañable labrador sería un pecado contra natura, en mentes filosóficas y teológicas de primer orden pasará a convertirse en sublimación de la caridad por medio del crisol de la carne.
Digo carne y no puedo esperar, ¡para nosotros no ha de haber ya cuaresmas! 

Aquella calurosa tarde, cuando a tu lado la plaza de Colón de Madrid pasó a transformarse en la explanada de los desfiles de Nüremberg, asaeteados nuestros corazones por el vuelo de las feromonas de jóvenes en cantidades superiores a miríadas, haciéndome sentir de regreso a esa edad en que, volcado en otros muchos, vestía mi camisa parda de las Juventudes y cantaba himnos de gloria... Aquella tarde digo, cuando comprendí la pasión (criticable más por lo poco cauta que por su misma naturaleza) de algunos de nuestros hermanos, esos que aplicaban, por encima del “Dad al César lo que es del César” o el “No he venido a traer la paz sino la guerra” el “Dejad que los niños se acerquen a mí”, en lugar de buscarla entre sus membrudas piernas la descubrí en el fondo de tus ojos... Aquella tarde, cuando al cortar la Hostia nuestros dedos se rozaron... Aquella tarde ya estaba escrito mi destino, este que acabo de firmar con mi renuncia.

Sabe que mi supuesta decrepitud es un pretexto de cara a la opinión pública. No lo tomes al pie de la letra: tengo mucha pasión que ofrecerte todavía.
Rouco mío, Varela deseado. ¡Cómo me gustaría saber tu nombre de pila! Temo encargar a algún secretario que lo investigue, ya sabes cómo se me han portado estos años últimos. En principio, fíjate en mi inocencia, creí que te llamabas Monseñor, porque estaba seguro de que es un nombre tan común en tu España como Jóse, pero luego me reí de mi error.
Como se dice en el siglo, te toca mover ficha. ¡Chato!
Tuyo: JR (antes BXVI). 

martes, 5 de febrero de 2013

richard en el aparcamiento




Yo sí que, desde aquí, contemplo las ruinas de Europa, pobre Hamlet, máquina de pensar, máquina absurda. Yo sí que las contemplo.

Ofrecí mi reino a cambio de un caballo. Sobre mí, en cada uno de estos coches, caballos de potencia dormida me vigilan, pero no me llevarán a ningún sitio. No me alejan de mis enemigos. Nada han hecho por mí.

Me echaron la maldita maldición, mis víctimas me fueron diciendo “mañana en la batalla, piensa en mí” cada una de ellas, pero se ha hecho extensivo a los pensamientos de todos los zapatos que me pisan, todos desconocidos, posibles víctimas heredadas de mi infamia, que cada mañana, después del desayuno de nutella, tan distinto a los míos, se preparan para lo que ellos consideran ser una batalla. Lo llaman la “batalla diaria”. Como si un cuerpo, deforme o no, pudiese aguantar una batalla cada día. Supongo que será una metáfora. Palabra horrible y pretenciosa aquella de “metáfora”. Feble recurso de ese cisne del Avon que llamasteis bardo sin saber qué era un bardo en realidad.

Y aun así, esas víctimas del cotidiano combate, esos que, antes de abrir su coche de metal, para no detectar la fealdad irrevocable de sus almas evitan mirar su sombra en los muros del aparcamiento, sin saber quién soy yo, piensan en mí.
Piensan en el poder que quisieran disfrutar sin descubrir, como descubrí yo, que en el fondo el poder se disfruta mucho menos que una buena almohada y nueve horas de sueño (sueño, en el otro sentido, imposible). Pero tal ignorancia acerca de lo que pudiera confortar es inevitable: yo tampoco me hubiera dejado convencer.
Ellos piensan, como hice yo, que nunca es demasiado. Si llegan a lo más alto, como yo hice siglos antes, quisieran inventarse un cargo más al que acceder de moda sibilina y criminal. Dicen que corrompe el poder, pero corrompe más el saber que es tan limitado, que los objetivos alcanzados sólo generan sed de conseguir más, háyalos o no. Si no, se inventan.

Camino de sus caballos de huida me pisan cada mañana y cada anochecer las suelas de sus charolados calzados, las agujas de sus afilados tacones, porque ahora, como en mi historia, hay reinas por todas partes, pero estas se disputan a bocados el poder con los hombres y no sólo por medio de los hombres, sino directamente con sus bocas pintadas color sangre.
No saben que, desde aquí, mi calavera, fea también como yo mismo, entrechoca las mandíbulas en una repetida risa al escuchar sus pasos hacia ningún sitio.

No me saquéis de aquí. No me entreguéis a un museo. Los que miran de cerca las vitrinas son peores aún porque suponen comprender lo que están viendo.

sábado, 2 de febrero de 2013

números para los que no son primos



¿A quién no le da miedo la matemática?
No es por eso que dicen de que cuesta aprenderla y asimilarla. Pensar en términos matemáticos ha de ser tan bello como pensar en términos algorítmicos. No hay mucha diferencia. O pensar en términos métricos. No hay mucha diferencia. O pensar en términos musicales. No hay mucha diferencia. O pensar en términos orgánicos, estructurales, musculares, sintácticos.
No hay muchas diferencias.
Somos más sencillos de lo que nos gustaría creer que somos.
No hay tantas modalidades.
Es sólo que la matemática da una carta de credibilidad difícil de discutir.
Incluso su hermana pequeña: la aritmética.

En términos matemáticos, nos estamos acercando a que por medio de una web nada sospechosa un millonaco de personas le digan al gobierno actual que debería olerse a sí mismo en vez de poner cara de oler mal e ir pensando en cuestionarse. El “yo no he sido” empieza a no valer. El “otros hicieron lo mismo” sólo desacredita, pero no redime.
Se habla de dimitir. Ni siquiera hablo de eso. Hablo de que en cualquier país civilizado (aunque, para qué engañarnos, los países civilizados cada vez parecen menos civilizados) un escandalaco así sería ni más ni menos que un escándalo con mayúsculas. Y eso, en un país civilizado aunque lo sea sólo en los términos modernos de civilización, supondría un descalabro que aquí va a quedarse en contestaciones chulescas de señoritos/as cortijeros/as.
Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios, sigue vivo.
Y no tenemos cojones de matarlo.
Resultado: declaraciones propias de repúblicas (monarquías corruptas en este caso) bananeras.

A estas horas medio millón sobrado de personas firma por la conveniencia de que un gobierno manchado se vaya. Tras eso, al menos existe el compromiso de que por lo pronto explique y lave su mancha.
No lo hará.
El decreto ley no contempla el lavado a más de 30º.
¿Dónde nos estamos metiendo?
¿Dónde estamos metidos ya?
¿Dónde vamos a dejar que nos metan?

Y sin embargo, esto no es calcular manifestantes por metro cuadrado, ni hacer cábalas por medio de las encuestas. Esto son personas, irrepetibles y con DNI, que estamos diciendo algo. No escuchar no puede ser un modo eterno de gobernar. 

viernes, 25 de enero de 2013

lírica para los malos tiempos


Fue hace pocas horas. Una rueda de prensa. Cuando los compañeros lo son se estimula el entendimiento y se concretan las palabras con que expresar algo.
He dicho un par de cosas. Una de ellas es que hay que saber que cuando en estos momentos nos intentan reducir por medio del dolor, hay creaciones que nos enseñan que el dolor puede ser una fuente de sabiduría y de superación. No todo se aprende, como estamos malacostumbrados a notar, por medio del placer, ni siquiera el beneficio de aprender.
Otra cosa ha sido que en estos momentos en que, una vez más o más que nunca, sentimos que vivimos malos tiempos para la lírica, para la dramaturgia, para la cultura en el más general de los modos, la única lucha es desarrollar una lírica (en el más amplio sentido) para los malos tiempos.
Y esa lírica no debe estar basada sólo en la rebelión, que también y sobre todo, sino también en el combate del compromiso, del esforzarnos en mejorar lo mejor,
Quieren hacernos peores, más débiles, más mezquinos. Nuestra fuerza es ser más fuertes, más constantes, más honrados, más comprometidos no sólo con lo que contamos sino también con nuestro trabajo en sí. Mostrar desde el supuesto constante e irrenunciable de que somos imprescindibles, que no somos un lujo, no somos los collares de perlas de sus perros, ni sus risas olvidables, sino lo que sustenta que un ser humano no deje jamás de serlo.
Eso que no les gusta a algunos de esa gran palabra que nunca me parecerá prepotente ni cursi: CULTURA.
Mal que les pese, que se les atragante, que acabe de ser, ojalá, la espina de pescado en la garganta que no sepan escupir ni siquiera con la miga de pan del desprecio.
Y seguir, mientras tanto, a lo nuestro. Lo auténticamente nuestro y nunca suyo.

lunes, 31 de diciembre de 2012

el más cruel de los recortes


Hoy, que es el último día de este en general feo 2012, notaba una extrañeza que no sabía a qué atribuir hasta que me he dado cuenta del motivo: los petardos de años anteriores, centrados en torno al bar de abajo, brillaban por su ausencia.
En general me han parecido siempre un coñazo, pero un coñazo festivo, por qué no.
No es que los petardos, cohetes y ruidos explosivos en general sean sinónimo de alegría, pero lo cierto es que su ausencia es síntoma seguro de sentimientos depresivos. ¿Qué induce a un pesado que tira cohetes a no tirarlos? Por el humo se sabe dónde está el fuego, y a veces por el ruido o su silencio se sabe dónde está el mal.
No hay ganas. Punta del iceberg de los que no tiran petardos, que somos esa mayoría sumergida.

Luego he ido en metro. Hoy paso de hablar del metro, sólo digo que me han llamado la atención, incluso en horario de nohuelga, esas caras que no pueden calificarse con el benéfico adjetivo de largas. Eran, fuera de bromas o pese a ellas, mucho más: máscaras de ilusiones agonizantes.

Atando cabos, he retrocedido (es un decir) un año justo. Viajé a Oporto por fin de año, una ciudad que no conocía de un país desconocido (visitado o no) por casi todos pese a ser limítrofe y que se llama Portugal. Un país que siempre me ha parecido particularmente atractivo, así, tan callado y tan educado, tan profundo, melancólico y sabio. Casi una opción para vivir mejor si las cosas se torcían hasta límites inderezables. Al menos esa Lisboa eterna que espero no haya agonizado.
Aparte de que Oporto (o Porto) se nos presentó como una ciudad en ruinas –hermosa, bella incluso, pero tan descuidada como una ninfa que lleva un mes sin peinarse-, nos llamó la atención (hablo en plural porque iba en más que maravillosa compañía, con lo que no puede achacarse lo que vaya a decir al estado de ánimo del momento) algo que no se correspondía con esa saudade melancólica del país, algo que se apartaba tanto como puede apartarse la guapura de la belleza: el mismo 31, a mediodía o por la tarde, Oporto no era lánguida o sentimental: era triste y depresiva, y la gente con la que pudimos hablar transmitía un mensaje en que no se veía ninguna luz al final de un túnel cruel, largo e impuesto desde fuera (y me temo que también desde dentro). Sólo a partir de la noche, con la celebración entre los años, se mostró viva, alegre, esperanzada, por unos momentos... hasta el día siguiente.

Nos están conduciendo por la misma senda. No sólo nos están quitando el bienestar, la cultura, la educación, la sanidad, la movilidad, una cierta confianza en un porvenir siempre incierto... Nos están quitando la vitalidad, la alegría, las ganas de vivir. Es el resultado de un gobierno que ni siquiera es alegre en su crueldad. Nada de despotismo ilustrado. Casposidad retrógrada, regreso a las sombras del XIX.
Los tristes imponen la tristeza, los miserables la miseria moral, los vulgares la vulgaridad, los cretinos el oscurantismo.

Este año que viene, cada vez que luchemos por algo, consideremos que detrás está nuestra Alegría, nuestro anhelo de vivir, y no sólo nuestros derechos, aunque con eso ya bastaría. Porque esas cosas son las que nos están recortando. Las alas, la vida, la sangre.

¿Parece extraño que desee a las personas honradas un feliz 2013? Espero que no. En parte, aunque no del todo me temo, va a depender de nosotros. ¡Salud para afrontarlo y ganas de estar, no sólo de ser!