lunes, 19 de marzo de 2012

guantanamitos y amenazados


Ya se sabe: desde Hobbes el monopolio de la violencia, según el acuerdo de los elementos sociales, pertenece al Estado. Bueno, en USA no, porque eso de la inamovible enmienda que protege el derecho a usar (no sólo poseer) armas, no se ha derogado. Pero tal particular, como se dice por ahí, es otra historia. Peor aún que esta, pero otra.
Esta historia de aquí va sobre cómo se ejerce el monopolio de la violencia. Aquí mismo. En España, vamos. Y tiene lo suyo.

Aquello que no sabemos, como cualquier aspecto de cualquier otro estado, entra sin duda no sólo en el terreno de lo ignorado sino de la pesadilla; eso que llaman transparencia, un término ambiguo que nos hace dudar si consiste en que puede verse sin trabas a través de la noticia pero no la noticia en sí, ni la verdad, como cuando miramos a través de un cristal sin ver realmente el cristal, o la noticia en sí, desnuda... De cualquier modo la parte que conocemos tampoco es como para dormir como tiernos corderillos.

Empieza a hablarse de la nada cotidiana vida cotidiana en los Centros de Internación de Emigrantes. No hay regulación. Resultado: guantanamitos. Si no son Guantánamos es, pensado con una benevolencia y cierta confianza que roza con lo irrazonable, porque nuestras fuerzas de seguridad, en su mayoría, no se comportan con tal carencia de empatía (lo que, traducido, viene a ser la no identificación plena con la psicopatía), tal como hacen los torturadores al uso. En tal confianza me amparo y hallo gran regocijo en creérmelo. No se puede vivir sin unas mínimas esperanzas acerca de la benevolencia, ¿no?
Pero miedito, da. No sé si los maltratados exageran o, bien al contrario, callan los peores detalles debido al miedo. Pero que el trato no es el habitual al amparo de unas normas de conducta para con los detenidos habituales, parece seguro. Que la situación es irregular y por tanto abierta a todo exceso, resulta seguro al cien por cien. A saber lo que habrá pasado ahí. Lo que no haya pasado es, digo de nuevo, un punto a favor de los que podrían haberse entregado a la barbarie y no lo han hecho. Lo peor es pensar que el campo siempre ha estado abonado para hacerlo y que probablemente, o más que probablemente, alguien se haya ido de la mano aunque el silencio de la impunidad venga a cubrir el hecho para siempre. Excepto para quien lo hiciere y lo sufriera. Para ellos ha de existir siempre.

En otro lado de menor trascendencia pero no menor importancia se sitúa la nueva táctica del viejo terror. Era ya demasiada gente normal saliendo a la calle, demasiado abuelo, demasiada madre con niños, demasiado niño en sí durante los últimos tiempos. Hay que evitar que cualquier persona se meta a lo que no le llaman, según los poderes fácticos. Las manifestaciones empezaban a parecer un campo normal, un modo de protesta digno e incluso normalizado. ¡Faltaría más! ¡Como si la calle perteneciera a los ciudadanos! Había que enmendar la plana y se está haciendo: el temor a ser aporreado, o a mezclarse en una confrontación con las desordenadas fuerzas del orden es la medida idónea para eliminar de las aceras a personas no suficientemente preparadas para la lucha cuerpo a cuerpo. Se llama disuasión por el miedo y es una práctica antigua, pero, como se puede ver, nada anticuada. El miedo, como no podría ser menos, deja mucha gente en casa.

De ahí la propaganda. No importa airear los conflictos, más bien al contrario. El ministerio de Interior se defiende de las acusaciones de atropello, aguanta el chaparrón de las críticas porque de paso le viene estupendamente que se hable de que cada manifestación es un riesgo de porrazo por una parte y de verse identificado como radical incontrolado y violento por otra. Hay que hacer ver que ir a una manifestación no es gratis, que constituye un riesgo contra la propia seguridad y que es menos arriesgado permanecer a cubierto aunque se esté en contra de cierto abusos manifiestos contra los que es lógico protestar.
Mejor que esas cosas queden para los “jóvenes”, que con esto de la primavera tienen las hormonas disparadas y tampoco les viene mal un par de porracillos para estimular la líbido por un lado y la contención por otro. Y los que no se ciñan al modelo, que lo vean por la tele.

He oído, eso sí, que la pobre policía se siente cohibida al ejercer su oficio. Que se siente amenazada por un par de insultos cuya recepción, aguantando provocaciones, debería ser parte de su oficio.
Me han dado mucha penita, ahí, dentro de sus casquitos, indefensos, con sus inofensivas porras y escudos, con la ley, las lecheras y el orden de su lado, los pobres, haciendo frente a unas malas caras feísimas y unos insultos de tebeo.

Que yo me sienta amenazado como ciudadano que no insulta cuando me muestran los cojones de sus corazas y su poder disuasorio, parece que no importa. Que me miren como me miran, me interroguen como me interrogan, me identifiquen como me identifican y me impidan el paso como me lo impiden cuando trato de hacer notar mi malestar, tampoco parece tener importancia. Se conoce que el Estado se basa en proteger sólo al Estado, y que Estado y ciudadanía ya no son términos compatibles.

Tampoco parece importar que yo me sienta ante ellos como hace cerca de cuarenta años, cuando en este país ellos mismos defendían una dictadura. Y que no me cuenten que son otros, que su talante es distinto. No es un oficio para el que te eligen por sorteo. Y no digo el de poli sin más, sino el de antidisturbios... Bonito nombre, por cierto.

   

viernes, 9 de marzo de 2012

gallardón cambia las fechas


Ayer fue el Día de la Mujer
Unos lo denominan “de la mujer trabajadora”, otros de la mujer a secas. Puede que el adjetivo se haya ido gastando al darnos cuenta de lo raro que resulta que una fémina permanezca mano sobre mano (salvando casos de “señoras de...” con cierta edad que, idos ya los hijos y sin problemas económicos, deambulan por barrios tontos de núcleos urbanos, preocupadas ora por la calidad de las tortitas con sirope, ora por el cuidado de las pieles de animales muertos, ora por la salud de pequeños perros de edad inmemorial... o cuitas similares).
Si por algunos fuera, Gallardón en concreto y los que sonríen por si está la tele mirando, sentados tras su banquito de color azul, ayer sería la última vez que la celebración tuviera lugar el 8 de marzo. Que no se me malinterprete, por favor. No hablo de su eliminación. ¿Quién podría dudar que Don Alberto respeta, venera, idolatra, considera, quiere, aprecia y comprende a las mujeres? Él mismo, don Alberto, lo proclama... y don Alberto, como aquel tipo de Shakespeare, es un hombre honrado.
No; es una idea mejor. Ahora que está de moda por parte de sus jefes, o tal vez sus iguales, comprimir devaneos y estrechar fechas de asueto (aunque la de la mujer, desde luego, no lo sea) endosándoles puentes a los lunes, se podría resumir sin más tanta celebración, tanto homenaje, trasladando la fecha actual al primer domingo del mes de mayo. ¿Qué mejor homenaje a la mujer que equipararla con su labor de madre? No sé si madre únicamente, a ver si se va a mosquear alguna compañera de partido, pero sí principalmente

Hace poco lo dejó claro. Si se produce violencia de género cuando se impide que una mujer acceda a la maternidad, eso supone que se está atentando contra su dignidad e integridad. Ergo, en buena lógica en su sentido puro, sólo una madre es una mujer completa, digna y realizada. De algún modo da a entender, aunque nunca lo diría así alguien tan civilizado y políticamente correcto como don Alberto, que una mujer que aborta se transforma a su vez en lo que los autores del siglo de oro denominaban un aborto de la naturaleza. Algo sin acabar de lograrse, un ser que no ha alcanzado la meta para la que fue creado... creado por Dios, naturalmente.

Hay quien habla de que estos casos de destape ideológico son deslices debidos a la borrachera de mayorías políticas múltiples después de haber estado en muchos casos sometidos a permanecer en segunda división. Me resisto a creerlo, y más en el particular gallardoniano. Es cierto que entre los nervios de gobernar y la excitación de hacerlo, se han producido en sólo un par de meses algunas transformaciones. Por ejemplo, el señor Montoro ha dejado de parecer en su porte y en su voz un ratón enfermo de catarro para asemejarse a un ratonazo enfermo de hidrofobia, que Luis de Guindos no se ha caído de ninguno y nos va metiendo en un berenjenal sin complejos mientras su cara se va pareciendo cada vez más a la de un bandolero serrano, o que el cultural, educado y deportivo Wert podría ser fichado por el graciosíiiisimo Tarantino para encarnar a un líder de la Gestapo en su próxima película... Pero don Alberto no. Gallardón recibió sin duda de algún ser mítico el anillo de invisibilidad que hace que la gran mayoría no pueda ver lo que se oculta tras ese gestito de “empollón sin edad que los domingos ayuda a misa sólo para complacer a su anciana madre”.

Aunque bromee, sería un error garrafal menospreciar a don Alberto Ruiz Gallardón. Lo digo en serio. Su sentido del ocultamiento es tan interesante que podría inspirar un carácter teatral de primer orden, de esos que quedan como paradigma.
Véase que está considerado, hasta por personas progresistas, el menos conservador de entre los conservadores, el más abierto, la gran esperanza civilizada. Si el odio y envidia de sus partidarios (en el sentido de compañeros de partido) no hubiese frenado su carrera, podría haberse convertido ya en un presidente reelegido a perpetuidad.
Su trato benevolente hace olvidar sus actos. Tapa con gestos a la galería los gestos que realmente modifican y destruyen. Su corrección política oculta su desmedida ambición, igual que la campechanía de Bono oculta su mezquindad.
Quien tenga unos años y decida que me estoy sobrepasando, que recuerde con cuánta eficacia se puede destruir todo un entramado social a punto de consolidarse una vez que protagonizó el relevo de partido y se puso al frente de la Comunidad de Madrid. Mientras con una mano se ocupaba de estrechar ante la prensa las manos de elementos progresistas de la sociedad y de la cultura, habitualmente maltratados y denostados por su partido, con la que tenía a la espalda firmaba los proyectos que habrían de acabar con todo un proyecto de desarrollo y vida ciudadana y convertir Madrid en el erial cultural donde sólo ha llegado a germinar lo que algunos madrileños (y, como siempre, llamo así a los habitantes de Madrid y no a los originarios solamente) se han empeñado en mantener y regar dejándose las narices en la labor.

Llegado a Alcalde, tuvo fácil que no se echara de menos a Álvarez del Manzano, claro. Luego vendió la moto de que Madrid habría de convertirse no en una ciudad hermosa, sino en una ciudad olímpica, ya ves. Estaban los tiempos para florituras. No hablemos de la deuda que ha dejado a la capital de un país: bancarrota perpetua. El Zar Pedro se empeñó en poner en Rusia los cimientos de la ciudad más lujosa de Occidente pese a ni siquiera serlo y la llamó San Petersburgo. La crisis actual tenía que tener su pequeña ventaja: ha hecho imposible la creación de Santa Albertonia, a costa de unos impuestos y unos parquímetros dignos del sheriff de Nottingham.
Y como ya no hay juguete posible, nos deja a la simpática Botella y se va al Ministerio de Justicia, donde ya se están notando, en unos poquitos días, sus benéficas influencias.
Debo estar amargado. ¿Por qué digo esto? ¡¡Alberto es un hombre honrado!!  

sábado, 25 de febrero de 2012

sin público


Frase casi letal para la gente del espectáculo esta de Sin Público.
Frase dramática a partir de hoy para la ciudadanía en general.
Ha quebrado una empresa y parece una frivolidad según corren los tiempos lamentarse por un cierre en particular cuando cada día, gracias a esta inteligente política de empleo que el gobierno anterior puso en práctica y que este de ahora pretende llevar a los límites de lo creíble, cierran cierres a mansalva una vez que los últimos trabajadores han traspasado el umbral y, ahora en la calle, se miran con desconcierto y tienen gana de llevarse una mano atrás y otra delante para expresar sus temores acerca del futuro inmediato.
Se baraja algo más aunque para cada trabajador su conflicto sea quedarse sin trabajo. Ese público, escaso por lo visto, al que apelaba el nombre del diario, se queda sin su referente. No era un público que necesitara, en su mayoría, que le orientaran en la propia opinión, pero sí que le hiciera ver que dicha opinión no era una quijotada ni una rémora de pretéritas aspiraciones. Su presencia en los kioskos daba solvencia a lo que otros tildaban de utopías, chiquilladas, inocencias... No hay nada como la descalificación paternalista. La soflama encendida da autoridad a los contrarios, la indignación los reafirma, la indiferencia los mata.

Ahora habrá que entrar en internet. Club de fans. No es lo mismo que titulares a borde de bandejas de diarios. Ya no estará en la calle, sólo en los medios tecnológicos. Público amó la calle y los que la tomamos, y ahora está también, como varios de nosotros, fuera de ella. La protesta se transforma en la suma de indignaciones privadas. Vais bien, gobernantes, no se puede decir que no sepáis de qué va la cosa.
Una ejecución más. Una advertencia más. Ni desde la judicatura ni desde la opinión se admiten voces que destaquen. Cuando no exista el aplauso, será el silencio el que respalde a este gobierno. Esa es la idea, al menos.

Se dirá que fue sólo un mal negocio. La auténtica ideología progresista nunca fue negocio. Lástima, pero lógico en parte. Ahogarla es la prueba más sólida. Se dijo en un informativo que Publico no era la publicación con más deudas, ni mucho menos. Pero no es fácil que el capital (qué palabra tan panfletera, ¿verdad, amigos?, ¿cómo lo llamaríais vosotros, los mercados?, bueno, el eufemismo es una opción razonable) respalde económicamente a quien le ataca. Por eso está en los kioskos esa cosa que se llama La Gaceta, por algo, si abrís todas las opciones de TDT en vuestra tele os encontraréis con un bombardeo de emisoras fascistas, y digo fascistas porque lo son y no por una forma progre de expresarme, sino por amor al lenguaje veraz, ese mismo fascismo que enarbola una denuncia contra, por ejemplo, el juez Garzón en lugar de estar ilegalizada por algo tan fácil como esa ley que se llama Ley de Partidos y condena el uso, presente o pasado de la violencia. ¿La ultraderecha es pacífica? ¿Los partidos que promueven golpes de estado y las guerras consecuentes si es preciso lo son? ¡Vaya, coño, hostias, copón!

Adiós, Público. Gracias. Te seguiremos en la red. Nos quedaremos sin tus películas, sin tus libros, y peor, nos quedaremos sin tu crítica imprescindible, sin tu referencia, sin tu coherencia, pero procuraremos que no te aparten también de donde te quedas. Ojalá esto sea un compromiso para muchos.
Nos vemos en la red, aunque suponga lo mismo que decirle a una ex “nos vemos en los cumpleaños de los amigos comunes”.
Qué triste es todo. Tanto que ya parece que uno no sabe hablar más que de penas.

miércoles, 15 de febrero de 2012

apretón de manos


Nuestra plegaria a partir de ahora ha de ser que el patrón, jefe, empresario o como sea que se le quiera llamar según las circuns-tancias, tenga buen cora- zón.
Tendremos que volver a Charles Dickens y a Frank Capra para confiar en que siempre es posible encon- trar en este mundo, tras mucho sufrimiento, la buena voluntad. No cri- tico a ninguno de los dos autores, Dios me libre: vieron a su alrededor tanto dolor que tuvieron que confiar en que no todo fuera negro en el mundo. Crearon esperanza, sacan de nosotros las más escondidas de las lágrimas y encima lo hacen rematadamente bien. Conste mi admiración por adelantado.
Como ellos, habremos de confiar en que, pese a la maldad reinante, la bondad es más vecina nuestra de lo que suponemos. Sobre todo si se trata de quien ha de pagarnos y emplearnos (una cosa tras otra, a poder ser).

Me encanta la fábula del empresario que ha de pactar con el trabajador cuántas horas debe trabajar para él o por qué precio, convenios a la mierda, en una pequeña empresa.
Me suena a pactos entre leones y gacelas de thompson.
Llamar pacto a lo que en resultado final viene a ser son lentejas, lo tomas o lo dejas, es no en  sólo cagarse en la justicia social sino además, y por añadidura, en el significado del lenguaje. Y al final, en esa cola de parados que acabarán por estar deseando que el trabajador honrado y digno conserve la dignidad y la honradez, se vaya de la empresa, y le deje el puesto a él, menos delicado, más necesitado y menos digno.

Recurriremos, pues, a la buena voluntad en lugar de la justicia. La lástima y la caridad se montarán sobre la ética, que es ya un valor sin valor. Se estará a la espera del tropezón para que quede un puesto libre, sin medir a qué precio lo ofrecen.

Dignidad versus hambre, honradez versus pragmatismo, justicia versus supervivencia.

Los gestores de la crisis, nacionales e internacionales, deberían recibir el Nóbel de Física: han demostrado que, contra toda formulación teórica, es posible viajar en el tiempo. Ya estamos, de hecho, en ello. Más de un siglo atrás. No voy a repetir una vez más que los muertos que murieron a favor del progreso deben estar retorciéndose en sus tumbas. Deberían aparecerse a todos los que se han cagado en su muerte. Sería más eficaz, al menos. Algún que otro infarto, por lo menos. Y alguno que otro menos de esos hijos de puta (pobres putas) que sobran.

El contrato es un género, por tanto, obsoleto. Eso que se llamó papel mojado. Se puede firmar, pero no sirve para nada la tinta, dado que se puede revocar haya o no firma. Habrá que fiarse, o no, del apretón de manos. Suplicar al cielo que hayamos caído en manos de un patrón/ona justo/a. Si no, Dios nos pille con ahorros. 

jueves, 9 de febrero de 2012

necrológica


Esta vez no se ha muerto, como Fraga.
Esta vez han acabado con él.

Hoy es un gran día para los corruptos, los prevaricadores, los narcotraficantes, los dictadores, los terroristas y los verdugos. Estarán partiéndose de risa tras ver cómo se elimina a uno que, con fortuna o no, les persiguió. Se gozarán contemplando cómo le matan en vida, porque, fuese estrella, soberbio o nada de eso, quitarle el oficio al que se dedicó en cuerpo y alma es casi peor que darle un testarazo definitivo en la cabeza.
Feroz mutilación quitarle aquéllo, feroz y adornada de insultos en un intento, seguramente conseguido en parte, y pese a la poderosa naturaleza del humillado, de humillar. Sazonada, en una burla inaceptable, con la supuesta lamentación al verse obligados a condenar a la nada a un compañero.

No tengo gana de extenderme. ¡Es todo tan doloroso y tan evidente!
Sólo quiero despejar una duda: ¿podrá ejercer esos once años que le restan hasta la jubilación fuera de esta bendita nación?
Ojalá sea así. Más de un país, agradecido por sus osadías, no dejaría de acogerle de buen grado. Vuelven los tiempos, no sólo de la emigración de españoles como estamos ya sufriendo,  sino también, ¡qué vergüenza!, del exilio.
Machado, haz sitio en tu tumba de Colliure. Los mejores tendrán que ir partiendo (¿hacia dónde nos queda?) de esta puta mierda cuyo territorio va más allá de solamente España.